Ruta Pascual junto al Padre Acosta - Cuarto Domingo de Cuaresma
Este Cuarto Domingo de Cuaresma,
Domingo Laetare, nos presenta el Evangelio (Jn.
9:1-41) en que Jesús devuelve la vista a un ciego; lo encuentra en
Jerusalén, en un lugar, y le unta los ojos con barro, haciendo ese barro con la
saliva. Con eso nos remite a la creación de Adán. Va a producir Él una nueva
creación, que es un milagro. Le dicen que vaya a la piscina de Siloé, que
quiere decir enviado. Él es el enviado, Jesucristo. Aquel hombre se hace llevar
hasta allá, se lavó y volvió con vista. Él no sabe todavía quién lo ha curado, pero
todo el mundo en Jerusalén se sorprende y se pregunta ¿Pues, no este es el
mendigo que siempre estaba pidiendo limosna?, ¿Cómo es que ahora ve? Él les contesta,
bueno, el que me curó, me dijo que me lavara en la piscina de Siloé, y lo hice,
y aquí estoy. Y lo tuvieron así, para arriba y para abajo, horas. Al final le
dijeron que era un pecador. Y él vuelve, se encuentra nuevamente con Jesús,
quien ya le habla de la fe. ¿Quieres ahora creer? Sí, quiero creer. Jesús es el
Mesías, y el hombre (antes ciego), se arrodilló delante de Él, y creyó. El
ciego, primero, se dejó echar barro en los ojos y no se molestó, segundo,
obedeció a Jesucristo y fue a la piscina de Siloé, y se hizo llevar hasta allá;
y es por eso por lo que recobró la vista. Y luego recibió la fe.
Nosotros también necesitamos de
la gracia de Dios. Dejémonos llevar por el Señor. Para que recobremos la vista.
Para que, de verdad, seamos buenos amigos. Y hagamos el bien. ¡Qué buena falta
le hace! Tanto a Venezuela como al mundo entero. Vamos a pedírselo la Virgen
Santísima.
Que así sea.
“Comentario
de la 4.º semana de Cuaresma (Ciclo A). “Él fue, se lavó y volvió con vista”. Nuestas
limitaciones y debilidades son también un camino para acercarnos a Dios. Jesús
solo nos pide un corazón humilde y arrepentido” Padre Acosta
(Threads 15-03-26)
El Papa en el Ángelus (15-03-26)
Más Reflexiones
“Al pasar –dice el Santo
Evangelio– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento’. Jesús que pasa. Con
frecuencia –comenta, admirado, san Josemaría– me he maravillado ante esta forma
sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida
del dolor” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 67). En efecto, así es la lógica de
Jesús: nunca permanece indiferente ante las necesidades de las personas con las
que se encuentra.
Las acciones de Cristo para
devolver la vista a este hombre ciego están cargadas de simbolismo. Primero
mezcla la tierra con saliva y le unta ese lodo en los ojos. Este gesto recuerda
el pasaje del libro del Génesis donde se narra la creación del hombre como una
figura de barro a la que el soplo de Dios infunde la vida (Gn. 2:7). Jesús, al curar a ese hombre, está llevando a cabo una nueva
creación. Este hombre, ciego de nacimiento, va a nacer de nuevo, va a comenzar
una nueva vida en cuanto pueda ver.
Luego Jesús le dice que vaya a
lavarse en la piscina de Siloé, y ese hombre va, se lava, y recupera la vista.
El agua de esa alberca que limpia sus ojos es símbolo del agua bautismal, que
nos hace capaces de ver con la luz de la fe. El evangelista hace notar, para
los lectores que no sepan hebreo, que Siloé significa “enviado”, pero sobre
todo lo hace para señalar que Jesús es ese Enviado de Dios que, cuando se acude
a Él, especialmente al configurarse con su muerte y resurrección en las aguas
del bautismo, nos hace capaces de ver.
Comentario
Con este milagro –enseña el Papa Francisco– “Jesús
se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de
nacimiento nos representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para
conocer a Dios, pero a causa del pecado somos como ciegos, necesitamos una luz
nueva; todos necesitamos una luz nueva: la de la fe, que Jesús nos ha donado” (Papa Francisco, Ángelus 26 marzo 2017).
La curación realizada por Jesús
suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando,
según los fariseos, el precepto festivo. Frente a la luz que se enciende en el
ciego, los doctores de la ley, con una cerrazón agresiva, encerrados en su
presunción e incapaces de abrirse a la verdad, se van hundiendo cada vez más en
las tinieblas, empeñados en negar toda evidencia: dudan que aquel hombre fuera
realmente ciego de nacimiento y se resisten a admitir la acción de Dios. Es el
drama de la ceguera interior que puede afectar a muchas personas, también a
cada uno de nosotros, cuando nos aferramos a nuestras propias opiniones o modos
de actuar, sin una apertura sincera a la verdad, que puede ser exigente y
reclamar cambios de rumbo en nuestra vida.
En paralelo, el ciego va
recorriendo un camino de crecimiento en la fe. Al principio no sabía nada de
Jesús. Luego, asombrado ante la recuperación de la vista, dirá en un primer
momento ante quienes le preguntan que “es un profeta” (v. 17). Más tarde, ante la insistencia en interrogarle explica con
sencillez que si Jesús ha sido escuchado por Dios es porque “honra a Dios y
hace su voluntad” (v. 31). Finalmente, cuando Jesús le abre los ojos de la fe diciéndole que
el Hijo del Hombre es el que está hablando con él (v. 37), el ciego exclamó “Creo, Señor. – Y se postró ante él” (v. 38).
Esta escena del Evangelio que
hoy meditamos nos invita a considerar cuál es nuestra actitud: la de los
doctores que, orgullosos, juzgan a los demás, o la de aquel ciego que,
consciente de sus necesidades y limitaciones, va secundando lo que Jesús le
pide, para abrirse a su gracia y a la luz de la fe.
Tomado página web del Opus Dei.
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Telegram: Capellaniarioclaro
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