Ruta a la Navidad junto al Padre Acosta - Fin de Año

  Se termina el años 2025, y yo quiero hacerlo con una consideración a una jaculatoria que le gustaba mucho al Beato Álvaro del Portillo. Gracias, perdón y ayúdame más

  Gracias, Señor, tantas cosas buenas que me has dado, que nos ha dado a lo largo de este año. Gracias, porque hemos vivido estos trescientos 365 días con sus más y sus menos. Hemos tratado de seguirte, hemos rezado, hemos hecho el bien, gracias.

  Perdón, porque también hemos pecado, también hemos fallado.  Cuántas veces que no hemos atendido quizás las necesidades de algún amigo, o de un hermano, o de una persona que encontramos por el camino de la vida, porque estábamos muy ocupados en nuestras cosas, o porque no teníamos tiempo. Eso es lo que decíamos, pero en realidad por falta de amor.

  Ayúdame más. Vamos a pedirle ayuda al Señor para este año 2026.

  Olvídense de aquel dicho de vida, “Año nuevo, vida nueva”. Es embuste, es mentira. San Josemaría lo decía mejor, “Año nuevo, lucha nueva”. La soberbia, la vanidad, la pereza, la impureza, ahí están pecados capitales que nos atacan, la envidia, la avaricia.  Ese sí es el problema.  Año Nuevo, Lucha Nueva. Ojalá luchemos para ser mejor que el año 2025.  Eso es lo que le vamos a pedir al Señor con la ayuda de la Virgen, porque es la maternidad de la Virgen, el próximo día primero.

  Que así sea.

  Si desean conocer más sobre ese lema de año nuevo de San Josemaría los invito a visitar el siguiente enlace: Año nuevo, lucha nueva

  También les quiero compartir el siguiente extracto de San Josemaría:
Un año que termina –se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos–, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.

  Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est! (1 Cor VII, 29.), ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

  Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar, de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz.
 (Amigos de Dios, 39-41)

  Que reciban un Feliz Año 2026


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